El pasado fin de semana del 7 de marzo, junto con miles de peregrinos de toda España, tuve la suerte de vivir la experiencia de realizar la peregrinación al Castillo de San Javier, conocida como “Javierada”. Por primera vez, a mis 22 años, tuve la oportunidad y decidí coger una mochila, ponerme un buen calzado y descubrir qué sucedía en aquel camino. Es cierto que siempre había sabido de su existencia, pero nunca había encontrado el momento. Quizás por ser una ocasión en la que España está necesitada de sacrificios y oración, me decidí a ello.

La tradición de esta peregrinación se remonta a una promesa que un par de Carlistas hicieron a la Virgen: si lograban sobrevivir a la Cruzada Nacional, andarían hasta tres centros espirituales, entre ellos, Javier. Pude constatar “la leyenda” durante el recorrido, pues tuve la fortuna de conocer a unos caballeros, ya mayores, que me aseguraron ser hijos de aquellos carlistas, los cuales, gracias a la protección de Nuestra Señora, volvieron a casa y cumplieron con lo apalabrado, transmitiendo la iniciativa a sus descendientes y allegados. Hoy por hoy, en Javier se concentran numerosos grupos religiosos de distinta índole, que quizás desconozcan el verdadero origen de su caminar, pero que comparten todos un mismo propósito: ser testigos y mensajeros del Evangelio.

Si por el bautismo somos Hijos de Dios, por la Confirmación somos soldados de Cristo. Y como soldados, hemos de batallar y luchar para alcanzar la Victoria de la Verdad en este mundo, y gozar de la Gloria en el futuro.

Me conmovió ver a tanta gente joven que, aún en medio de un mundo donde lo que defendemos sea cada vez más perseguido y atacado, se mantienen fieles a los ideales que dan sentido a la vida. La vida es también un camino a recorrer, donde puede sentirse fatiga, sueño, hambre, dolor… pero el viaje vale la pena, porque al final, en la meta, está la recompensa de la Salvación tras haber tenido un encuentro personal con Cristo.

San Francisco Javier, un gran apóstol de la Evangelización, lo tuvo, y nos dejó un ejemplar quehacer: dar la vida en honor de la Verdad, dar la vida haciendo llegar a los demás el Reinado de Jesús. Él fue capaz de responder a la amorosa petición de Cristo: “coge tu Cruz y sígueme”. Así como otros han vivido este mensaje con alegría y generosidad, igual que otros que nos precedieron lo hicieron, nosotros no podemos ser menos. Como muchos de nuestros

correligionarios que nos antecedieron en la afrenta espiritual, vivamos con júbilo y entrega el deber que se nos encomienda.

“Ante Dios nunca se es héroe anónimo”. Quizás ninguno de nosotros seamos elevados a los altares. Muchos de aquellos, boinas rojas y fieles margaritas, no lo fueron tampoco; pero la fama no es el motor de nuestras vidas sino la Fe, la Esperanza y la Caridad. Nosotros no queremos ser famosos. Queremos ser santos.

Agradezco a Cruz de Borgoña que siga celebrando esta tradición. Agradezco a tantas familias, organizadores y voluntarios sus esfuerzos y sacrificios por compartir con nosotros esta experiencia y posibilitar que todo fuese bien. Felicito a todos los que hicieron la marcha con éxito, especialmente, a los más pequeños. Gracias a aquellos que estuvieron a mi lado y me animaron en el camino.

Espero que esta sea la primera de muchas pues aún nos queda mucho camino que recorrer.

Juntos al Cielo.

¡VIVA CRISTO REY!

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